…y me quedé callado.

Sucedió en el último vagón.

Iba lleno, como de costumbre a las 7 de la noche.  Y como siempre que va lleno, los habituales de ese vagón se dedican a meterse mano unos a otros. Rayos, si yo mismo lo estaba haciendo, la verdad.

A un par de pasos de mí, otro chavo también lo estaba haciendo, y un tipo le buscó pleito. Primero nada más fue reclamarle que le estaba pisando el pie, pero de ahí subió de nivel la reclamación y llegó al nivel de “maricón de mierda”, “pinche puto” y etcétera.

Y le estrelló la cabeza contra la puerta del metro.

No lo lastimó, pero la estrelló. Y fue por pura homofobia, y la prueba es que también intentó golpear al compañero de ligue a pesar de que ese no le había hecho nada.

No voy a detenerme a hablar sobre la homofobia del tipo porque es un tema trilladísimo, sino sobre el hecho de que ninguno de los que estábamos ahí en ese momento nos movimos para ayudar al agredido, a pesar de ser más de una docena de homosexuales sólo en esa sección del vagón. Que sí, que hay el efecto de dilución de la responsabilidad y todo, pero alguno de nosotros debió haber pensado qué hacer y salir en ayuda del chico.

Yo debí haberlo hecho.

Sí, puedo afirmar en mi defensa (y cualquiera podría hacerlo) que el retrógrado en cuestión era del tamaño de una montaña. Excepto que no pesaba más ni era más fuerte que todos los que estábamos ahí juntos.  ¿Dónde quedó el “No somos machos, pero somos muchos”?

Dejando de lado preguntarnos dónde está la solidaridad humana, que es lo primero que faltó ahí, ¿Dónde quedó el orgullo gay? ¿Tirado con el confeti entre el Ángel y el Zócalo?

No sé cuántos de los que había en el vagón en ese momento hayan ido a alguna marcha, ondeando una bandera y sintiendo que hacían algo. Yo lo hice hace dos marchas. Y sentí que hacía algo, pero ahora no lo creo tanto. Es mucho más fácil ser valiente cuando sabes que hay tanques que protegen la marcha, o cuando estás escribiendo en algún foro. Pero es difícil serlo cuando te arriesgas a que te rompan la nariz, o te saquen del tren y te lleven a la delegación por meterte en un pleito.

El problema, claro, es que es ahí donde es importante ser valiente. Tras un teclado y una barricada no le sirve a nadie.

Sé que puede alegarse el instinto de conservación, y el fenómeno de dilución de la responsabilidad and stuff, pero a final de cuentas el resultado final es el mismo: agredieron a un chico por estar ligando con otro, y nadie hizo nada para detenerlo.

Aunque directamente no fuera problema mío (ni de nadie más que del chavo y su ligue), en realidad era problema de todos, porque fue sólo cosa de azar que el que estuviera en ese lugar fuera él y no otro de nosotros. Ya alguna vez lo comenté aquí: la guerra por nuestros derechos tiene un solo frente, y un golpe a uno es un golpe a todos. Es la única forma posible de verlo, porque el pisotear los derechos de una persona por ser homosexual lleva a pisotear los derechos de todos por ser homosexuales.

No estoy pidiendo una disculpa porque no la veo como algo posible. Simplemente es un recordatorio para el futuro de lo que sucedió, para que, si vuelve a suceder, esté mejor preparado. Así que voy a resumir lo que sucedió, para no olvidarlo nunca:  Le pegaron a un chico en el último vagón, sólo por ser homosexual, y ninguno de los que estábamos ahí movió un dedo para ayudarlo.

Debimos haberlo hecho.

Debí haberlo hecho.

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